©El reflejo

 

DATOS HISTÓRICOS.

 

 

            El 21 de octubre de 1944, Hitler ordenó al coronel Otto Skorzeny llevar a cabo parte de la ofensiva de las Ardenas y la infiltración en las líneas enemigas de un grupo de soldados alemanes de habla inglesa.

            La misión de estos hombres era la de hacerse pasar por soldados americanos (con uniformes incautados anteriormente), cortar las líneas de comunicación aliadas y crear el pánico entre las tropas y civiles sobre el avance alemán. Los que fueron capturados, en su mayoría fueron ejecutados. Pero en sí, la misión consiguió crear la histeria esperada, ya que se crearon multitud de controles y se hicieron arrestos erróneos (incluyendo oficiales).

 

            Este relato, es un homenaje a todos los soldados españoles.

 

Gijón Primavera de 2005

¡Buenos días don José...! Hoy tenemos un día espléndido, de esos que a usted le gustan; así que se pegará un buen bañito y luego tomará usted el desayuno tranquilamente. Cuando caliente un poco más el sol, le sacaré al jardín..., ¿qué le parece don José

Lo que tú digas Carolina.

Bueno pues, ¡hala, arriba! No se haga el holgazán y colabore.

         Y así, día tras día. Carolina le había cogido un cariño especial a don José, hacia algunos años que le atendía y sabía de su soledad. Don José, no solía recibir muchas visitas en la residencia, su única hija, vivía en Barcelona y su economía no la permitía ciertos lujos, y ella, consideraba que visitar a su padre, era un lujo.

         Ayudado por su bastón, don José entra en el cuarto de baño acompañado por Carolina, hacía tanto tiempo que se conocían que a don José ya no le importaba que le viera en pelotas, y le ayudara a bañarse.

Ahora le colocaré junto a la ventana y se tomará el desayuno. Le bajaré la persiana para que no le moleste el sol,  ¿qué le parece?

De acuerdo bonita, pero, me dejaras un pitillo  ¿eh?

¡Don José...! Sabe usted que el médico se lo tiene prohibido, si se entera de que le doy pitillos me castigará. Y usted no quiere que me castigue ¿verdad?

Solo uno Carolina, venga no seas tacaña. Si las balas alemanas no pudieron conmigo, no podrá un cigarrillo, ¡anda dámelo!

Pero solo uno y si se entera el doctor, no le diga que se lo di yo.

Que buena eres Carolina, te quiero un montón.

Ya, ya, ¡un montón!, usted lo qué hace aprovecharse mucho de mis sentimientos.

Carolina, después de colocar a don José cerca del ventanal y ponerle la bandeja con el desayuno, se despide de él y abandona la habitación.

En la estancia de don José no falta detalle, son dieciséis metros cuadrados sin incluir el baño. Cerca del ventanal, tiene una pequeña mesa que  hace de escritorio, un sofá para dos personas, donde suele sentarse a leer cuando no le apetece salir. Una fotografía enorme en  la cabecera de su cama, nos revela el pasado de don José, se la hicieron cuando llegó con su pelotón a las Ardenas. Un álbum de fotos sobre su mesita, que por su aspecto, parece estar muy usado. Pero, lo que más llama la atención, es una imagen enmarcada, donde se observa a una señora muy bonita y con una inmensa alegría en su rostro; su esposa, fallecida hace unos años. A raíz de su fallecimiento, don José decidió entrar en la residencia.

Después de tomarse el desayuno, don José, enciende su pitillo y se pone a mirar por la ventana. El reflejo de su imagen en el cristal, le hace ver a sus inseparables amigos del pelotón 44 que nunca le fallan a la cita, manteniendo con ellos largas charlas.

─ Teniente, ¿qué hace?

¡Capitán, a sus órdenes!, no le había visto llegar, estoy preparando el equipo para la misión de mañana. ¿Ordena alguna cosa más?

No, continúe con su trabajo y acuérdese de que nos acompañe el sargento Peláez.

Si señor, el sargento está avisado y no tardará en venir.

Cuando venga, que pase por mí despacho.

A la orden capitán.

En ese momento, don José, reclina su cabeza y todavía con el pitillo  encendido entre sus dedos, se queda dormido. Cuando el cigarrillo le  quema los dedos, despierta asustado.

¡Teniente...!

¡A sus órdenes capitán!

¿Dónde está el sargento Peláez?

Está esperando su llamada, señor.

¡Que entre!

Señor, se presenta el sargento Peláez.

Don José, despierta asustado.

─ Siéntese sargento..., como usted sabe, mañana saldremos temprano para cumplir una misión y usted, es uno de los elegidos para estar a mi servicio, quiero que esté cerca de mí siempre. Se encargará del aprovisionamiento y de las comunicaciones, ya sabe que tengo mucha confianza en usted. La misión que se nos ha encomendado, conlleva muchos riesgos, parece ser que el ejército alemán, ha infiltrado entre nuestras líneas soldados con uniformes americanos y que hablan perfectamente ingles. Sus incursiones nos están ocasionando muchas bajas y la incertidumbre entre la población es enorme. Nuestra misión es descubrirlos y explotar el polvorín que tienen tras la colina “F”. Tenga usted en cuenta que la defensa de las Ardenas es vital para el desenlace de la guerra, esta misión se nos asignó por la confianza que los franceses tienen en el ejército republicano español y no les podemos defraudar.

─ Capitán, ya sabe que puede contar conmigo siempre. Usted, es con el oficial con el que más seguro me encuentro.

─ Lo sé Peláez, por eso siempre cuento con usted. Yo también me siento más seguro cuando los hombres de mi pelotón son de mí confianza. ¡Ah! Apropósito, me dijeron que su señora había parido un precioso niño.

─ Sí, un precioso niño que peso al nacer cinco kilos, se ve que sale a su padre.

─ ¿Tendrá ganas de verlo, supongo? Cuando regresemos de esta campaña, le propondré para un permiso.

─ Se lo agradecería mucho capitán.

─ Ya puede retirarse sargento.

Don José, vuelve nuevamente a reclinar la cabeza y entra en un profundo sueño, que minutos después, interrumpe la enfermera.

─ ¡Hala! Don José, que nos vamos de excursión. ¡Y caminando! No quiero que se haga el holgazán.

La enfermera le ayuda a levantarse y apoyándose en su bastón, don José se encamina hacia el jardín. Cuando llegan a su destino, el capitán se dirige hacia su árbol preferido y a la sombra de éste, coloca su silla.

─ Bueno don José, luego pasaré a recogerlo para la comida, hoy tiene lo que a usted le gusta tanto, si tiene algún problema avíseme y pórtese bien ¿eh?

Después de media hora, y una hora antes de que se dieran las comidas, el capitán recibe una visita. No solía recibir visitas y cuando la enfermera se lo comunica, sintió una profunda alegría, pidiéndole que lo hiciera pasar al jardín.

─ Hola capitán ─ le dijo el visitante, cuando llegó a su altura.

Don José le mira varias veces, tiene dudas, y parece no reconocer al visitante.

─ No le recuerdo, su cara me parece conocida, pero no recuerdo bien. Tiene que perdonarme, a mis años uno ya no tiene buena memoria.

─ No se preocupe capitán, yo soy el soldado Poladura, de la octava compañía.

─ ¡La octava...! Ya recuerdo. Usted estuvo en el pelotón de las Ardenas conmigo ¿verdad?

─ ¡Exacto!, veo que parece recuperar la memoria.

─ Sabe algo de los otros, yo muchas veces hablo con el teniente y con el sargento. ¡Espero que se encuentren bien!

El soldado Poladura, le mira atentamente, tiene algunos años menos que el capitán y cuando se enteró que estaba en la residencia, no dudó en visitarle. Hablando del pelotón, pasaron la hora que les quedaba. Cuándo la enfermera lleva en dirección al comedor al capitán, el soldado Poladura, se  queda observando y pensativo; al tiempo que murmura ─ ¡Todos muertos capitán, todos muertos!

Cuando don José vuelve a su habitación después de la comida con la intención de dormir la siesta, le pide a Carolina que le deje sentarse ante el ventanal.

─ Vale don José, le dejare que mire por el ventanal, pero le colocare un almohadón por si se duerme y bajaré un poco la persiana, hace mucho sol y podría molestarle.

─ Gracias Carolina..., ¿por qué no estás casada?

─ ¡Huy...! Don José, supongo que todavía no encontré al hombre indicado, pero espero encontrarlo pronto. Cuando llegue ese día, usted será el padrino ¿qué le parece?

         ─ Mira, Carolina: si a mí me pasara algo, en la mesita tienes una carta para ti. La coges y sigues al pie de la letra todo lo que en ella te pongo.

         ─ Pero don José, que dice, si usted todavía nos tiene que da muchas alegrías.

         ─ Algunas veces pienso que vivo más..., por qué algo no hice bien. Cuando arregle el pasado, seguro que podré descansar mejor.

─ Ande don José, que es usted un cacho de pan y seguro que nunca hizo daño a nadie. Venga, póngase cómodo y descanse. Si desea algo, no dude en llamar, yo termino mi turno dentro de diez minutos, pero Maite le atenderá muy bien, así que hasta mañana.

         Carolina abandona la habitación y el capitán regresa a su mundo.

─ Buenos tardes teniente..., y el pelotón ¿está preparado?

─ Sí señor, todo dispuesto.

─ Pues en marcha teniente.

─ ¡Sargento!, Usted acompáñeme, tenemos que recoger las provisiones y luego nos uniremos al pelotón. Cuando lleguemos a la colina, tenga dispuesta la emisora, utilizaremos la banda habitual y nos comunicaremos con la base cada dos horas.

─ A sus ordenes capitán, todo estará dispuesto como usted ordena.

─ Bien, unámonos al grupo, la colina ya está cerca.

─ ¡Capitán! ¡Capitán!

─ ¿Dígame teniente?

─  La avanzadilla nos informa que observan movimientos de tropas tras la colina, tendremos que tomar precauciones.

─ Sí, bajaremos por el camino del Norte, es muy  sinuoso pero más seguro, mande dos soldados y que tengan cuidado.

─ Si señor, daré sus ordenes inmediatamente.

─ Sargento, el teniente va delante con un grupo de soldados, usted y el resto acompáñenme, bajaremos desplegados y a una distancia de cinco metros cada uno.

─ ¡Capitán!, están atacando al grupo del teniente.

─ Desplegaos y cubriros, ¡nos están atacando! ¡Sargento! Coja al resto de hombres y acompáñeme, tenemos que cubrir al teniente y a sus hombres.

─ ¡El teniente, está herido, necesita ayuda! ─ es la voz de un soldado qué pide ayuda, ¡sargento!, coja a tres soldados y auxilie al teniente, yo atacaré por la derecha con el resto de hombres. ¡Atención!, tras los arbustos hay una ametralladora, ¡lanzar granadas!. Todos a cubierto, ¡retirada! Joder nos pillaron por sorpresa soldado, ¿dónde está el sargento?

─ La última vez que lo vi, estaba tras ese arbusto.

─ Iré a ver qué pasa..., sargento, ¿le han herido?

─ Sí capitán, creo que me jodieron, bien jodido, pero no se preocupe por mí, retire a los soldados que pueda o quedaremos todos en este lugar.

─ No, sargento, yo nunca abandono a mis hombres. Venga, arriba yo le subiré hasta la colina.

─ No pierda el tiempo, lo mío ya no tiene solución capitán; marche que yo cubriré su retirada.

─ Deja de decir chorradas y dame tu mano, yo te subiré. Pesas un montón sargento pero ya falta poco. ¡Soldado! ¡Écheme una mano con el sargento! ¿Qué se sabe del teniente?

─ La última vez que le vi, estaba en la zona de los pedruscos con cuatro hombres, pero hace ya un buen rato que no se sienten disparos.

─ Tenemos que auxiliarlos soldado, ¿cuál es su nombre?

─ Poladura señor.

─ Pues bien, Poladura, tu vete por esa ladera yo rodeare por este lugar, nos veremos en los pedruscos. Ten cuidado.

      ─ Lo tendré capitán.

─ ¡Poladura!, ¡Poladura!, me han dado, ¡no puedo avanzar! ¡Cúbreme!

─ Señor, como se encuentra, lleva un tiempo inconsciente.

─ ¿Dónde estamos Poladura?

─ En el alto de la colina y a cubierto, pronto llegarán refuerzos y podremos marchar.

─ ¿Y el resto de los hombres?

─ Muertos todos señor.

─ No es posible, ayúdeme a ponerme en pie, yo los traeré, tú quédate aquí, bajare por el camino y les ordenaré subir.

─ No puede hacerlo capitán, está usted muy herido.

─ No, Poladura, al capitán  Cayado no lo tumbas las balas alemanas, cúbreme y verás como traigo a mis hombres.

 Joder con los alemanes, disparan como fieras, pero sus balas no me impedirán que recupere a mis hombres. Ahí está el teniente, inconsciente pero lo subiré, y al resto de los soldados también. ¡Soldado Poladura! ¡Prepare una camilla para el teniente! ¡Bajaré a por el resto de los hombres! Te das cuenta Poladura, ya todos están en la colina y todos vivos.

La luz en la habitación se oscurece con la entrada de la tarde, el capitán reposa su cabeza sobre el almohadón con la satisfacción de haber salvado a todos sus hombres. Ahora, todos se volverán a ver de nuevo y el capitán podrá descansar tranquilo.

Cuando la enfermera acude a darle al capitán las pastillas de la tarde, se da cuenta que éste ya no las necesita.

 

                                             Fin